miércoles, 5 de febrero de 2014

Cuento "La noche de los feos" versionado por nuestra alumna Aurora Salvador

Ana María González Casquet, profesora de Lengua y Literatura del IES La Campiña, nos envía una gran versión del cuento de Mario Benedetti, La noche de los feos, realizada por una de nuestras alumnas de 1º de Bachillerato A.

La alumna que brillantemente ha versionado este cuento de Benedetti es Aurora Salvador Gutiérrez, que ha cambiado el punto de vista del personaje masculino con el que el autor escribió el cuento, por el punto de vista  del personaje femenino que lo coprotagoniza:



La noche de los feos (adaptación al punto de vista femenino) 
1 
El primer rayo de luz del día comienza a filtrarse por los visillos que bailan paulatinamente al son de la leve brisa que se cuela por la ventana. Me levanto. Dejo atrás la cama y tras un rápido vistazo a la persona que yace en ella me dispongo a asearme. Abro el grifo y recogiendo el agua con las manos y, como si se tratase de oro líquido, me la llevo a mi cara. Observo detenidamente cómo pequeñas gotas se deslizan sedosamente por mi cara hasta hundirse en aquél agujero de angustia. Vuelvo la cabeza para comprobar que la cicatriz del hombre que aún duerme en la cama sigue en su lugar. Y efectivamente, allí está. Lo cierto es que tener a alguien como él es reconfortante. Alguien que desde lo más profundo de su corazón siente lo mismo que tú: rencor. 
Aún recuerdo el día en el que nos conocimos. Nos encontramos a la entrada del cine en algún estreno multitudinario que convocaba a parejas de todo tipo y quizás también a ese tipo de personas que, como yo, se conformaban con el amor ajeno ante la imposibilidad de hacer este sentimiento suyo. Aquél hombre destacaba del resto de asistentes por estar completamente solo. La razón se encontraba en su barbilla: una reluciente cicatriz desfiguraba su cara. Hice un análisis bastante objetivo de aquella fealdad, sin mostrar ni el más mínimo sentimiento de pena, simpatía o curiosidad. Noté que me devolvía el frío examen sin provocar la más mínima reacción en mí. Nos observamos atentamente tanto tiempo como nos permitió el avance de la cola. 
Finalmente entramos. Se sentó en una fila posterior a la mía. La película comenzó. 
Sentía que me observaba de vez en cuando. Apenas presté atención a la película, que trataría sobre el típico romance idealizado entre dos personas apuestas con el que la mayoría de las persona sueña. No es mi caso. Aún recuerdo las primeras burlas en la infancia, que se transformaron en lástima, rechazo y exclusión conforme mi vida ha transcurrido. Todo esto me ha hecho inmune a las críticas ajenas e incluso ha enfriado mi carácter. Siento un odio especial que sólo reservo para mí misma todas las mañanas ante el espejo. Es por esto por lo que he renunciado al amor durante toda mi vida. Sin embargo soy lo suficientemente sensible como para poder apreciar el amor y la belleza ajenos. 
Al finalizar la película nos encontramos, me estaba esperando. Caminó junto a mí y comenzó a dirigirme algunas palabras. Tras un breve saludo me invitó a una confitería a charlar. Acepté, no sin antes meditar y concluir para mis adentros, que no había nada que perder. Entramos en la confitería y nos sentamos en una mesa que acababa de ser desocupada. Hacíamos una extraña pareja. Nuestra llegada al lugar supuso un silencio inmediato ante tal espectáculo. Sentía las miradas llenas de curiosidad y murmullos cargados de recochineo mal disimulado clavadas en mi nuca, pero la vida me ha enseñado a construir un escudo de impasibilidad e indiferencia hacia la gente. 
Charlamos durante, poniendo en común la animadversión que sentimos hacia nosotros mismos, hacia nuestro rostro, siendo cruelmente objetivos. De repente, la conversación se transformó en un hipotético “nosotros”, sugirió que podíamos querernos o, como él matizó, “congeniar”. Había una posibilidad. 
La proposición estaba destinada a aparecer desde el principio en el que nuestras miradas se cruzaron, sin embargo aún me asombraba. Me había convencido a mí misma de que el amor no era para mí. Había renunciado, muy a mi pesar, a este sentimiento. No obstante estaba convencida de que debería dejarlo entrar. 
-Prométame no tomarme por un chiflado –dijo ante mi evidente desconcierto. 
-Prometo –respondí. 
-La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me sigue? 
-No –respondo de la manera más franca que me es posible. 
-¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía? 
Enmudecí por unos instantes intentando esconder mi semblante deforme que se había ruborizado. Concluyó con una sutil invitación a su apartamento. Lo miré a los ojos profundamente y finalmente accedí. 
2 
Se aseguró minuciosamente de que no había el menor atisbo de luz en toda la estancia. Estábamos en la total oscuridad de su dormitorio cuando me encontró. Recorrió delicadamente mi cuerpo con su mano. Yo lo imité. 
Paró las caricias de forma brusca, como si dentro de su interior se debatiese una lucha entre lo fingido y la realidad. Sentí como titubeaba y cómo finalmente colocó su temblorosa mano sobre mi rostro. Su mano se sumió con delicadeza en el surco que deformaba mi rostro. No pude contener las lágrimas. De forma súbita, me armé de valor para devolver la delicada inspección de la desproporción de su cara. 
Pasamos toda la noche juntos, llorando y aferrándonos a un sentimiento reconfortante de empatía que surgió desde la más absoluta indefensión. Con el primer rayo de luz matutina que atravesó la ventana (con las cortinas perfectamente descorridas) quedó sentenciado nuestro particular vínculo.
Aurora Salvador Gutiérrez
1º de Bachillerato A

Para quien no conozca el cuento original, aquí dejamos un enlace en el que se puede leer: La noche de los feos.


1 comentario:

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